no se puede crear rompiendo para encontrar, si acaso para perderse más agusto, y burlarse un rato de la angustia.

Resulta que publiqué algo en mi blog 4 días antes de que se cumpliera un año de no hacerlo, y ahorita me di cuenta.

Se descubre  y

Los corazones tiemblan

Cuando el último aliento

Expira en el cálido sueño.

Y aunque es de noche veo,

En la estela siento, vivo y muero.

La quiero tentar…

Está en mi mano,

Quizás sea sólo  un reflejo

Porque no han sido soñadas las fauces que la asfixian,

Nada lo aprisiona

Y ardo porque estoy cerca

Me desintegro muy lento, callado.

No sufro.

El subir los escalones cuando está a punto de arrancar. La dificultad del peso sobre los brazos, el peso que balbucea y que a ratos sonríe y que a ratos llora. Los últimos cincuenta pesos que le robaste a tu madre porque ya no aguantabas los gritos, el maltrato. No paga pasaje, está bien, todo está bien. El montar a tiempo. La suerte de encontrarlo casi al final del pasillo y sentarse a su lado. La suerte de que nadie se hubiera sentado en ese lugar que le pertenecía a ella. El silencio del viaje, ella con los brazos llenos de un llanto hambriento. Él como distante pero a su lado.

El ahora muerto pero la promesa viva. Ella carga esa promesa que parece dormitarse con el ritmo del viaje. En cualquier rato llora, no ha comido en horas. Los cincuenta pesos (menos el pasaje) que le robó a su madre. Lo encontró, está ahí a su lado, ni siquiera tuvo que esforzarse mucho. Ahora viajan los tres, seguramente adelante hay algo mejor. Ya no gritos, ya no golpes, ya no soledad acompañada. Ahora sólo acompañada. Ahí está él, mirando por la ventanilla al lado de ella, al lado de los lloriqueos hambrientos. Él mira mucho por la ventanilla, parece distraído pero seguro que está haciendo planes: conseguir un espacio, la tranquilidad, conseguir algo, conseguir ya no gritos, ya no golpes. Él decide bajarse, tal vez vio algo (por la ventanilla) que lo retiene, y lo fuerza a bajarse. Ella le pregunta (tal vez en voz muy bajita; quizá con algo de vergüenza), él no le contesta. Ella sigue el viaje, aferrada a los lloriqueos, a los balbuceos. Se apea a las dos cuadras, no sabe porqué no se ha bajado antes, junto con él. Cruza la calle: lagrimitas en su hombro.

Se detiene con ruido patológico cuando ella alza el brazo. Por poco y se cae: como si quisiera escaparse de sus brazos. Arriba, arriba, y ya se está moviendo. Los cincuenta pesos (menos dos pasajes) que le robaste a tu madre. La incertidumbre. Un instante de confusión y el acordarse otra vez (ella no puede saber que es «otra vez»)  de que a lo mejor tiene suerte. El caminar incierto y la expectativa de encontrarlo. El ver un hombre y una mujer en la primera hilera, hombro a hombro, tomados de la mano. Y rápidamente bajar la mirada: no existen.

El encontrarlo en el penúltimo asiento junto a la ventanilla con aire de preocupado: seguro que está haciendo planes. Junto a él está otro hombre, ya maduro, que se levanta para dejarle el lugar a ella porque ha intuido algo (no por los sollozos que se encuentra cargando). Los ojos agradecidos que ella comparte con el señor anciano. El sentarse a su lado —como debe de ser­—. El ser sensata y no imponerle el fastidio de cargar con ese peso que parece va a comenzar a llorar. Seguramente que está haciendo planes: adelante todo, atrás nada. La sonrisa que se dibuja en el rostro de él, repentinamente. Todo está bien… todo está bien, se dice ella, y se lo trasmite, con una sola mirada a los ojitos chiquitos. Ojitos chiquitos que no captan el mensaje y que comienzan a llorar. El recorrido espinoso que no permite el sueño y ella que lo tiene que sujetar muy fuerte. El seguir llorando. Ella esperando que él le diga qué hacer. ¿Siempre adelante? Él que se baja en la esquina. Se ha olvidado de darle instrucciones. ¿Es que los llantos no lo dejan pensar? Ella que se apea a las dos cuadras, no sabe porqué no se ha bajado antes. Cruza la calle: lagrimitas en su hombro. Lágrimas en sus rostros.

Lucidez. ¿Dónde están los cincuenta pesos que le había robado a su madre?  Gritos y sollozos muy fuertes del otro lado de la acera en brazos de ella. El hecho de que esta vez no alza la mano para detener ningún estridente motor. Lógica. Carga pesada en los brazos que llora. Llora, llora y llora. Lógica: hambre-llanto. Lucidez: hambre-sufrimiento. Ella que da la vuelta a la esquina. La noche que recién se ha llegado. El callejón oscuro y el contenedor de desperdicios al fondo. Más llanto. Ella y su lucidez recién adquirida. Lógica: hambre-llanto-sufrimiento. Ella que avanza por el callejón. Esta vez (ya sabe que se trata de esta vez), no hay inseguridad, no existe confusión. Lucidez. Lógica. Ella y su peso en los brazos que ha llegado al fondo del oscuro callejón. Contendor de desperdicios. Lucidez recién adquirida. Lógica: hambre-llanto-sufrimiento-dejar de sufrir. El no-peso en sus brazos porque ya lo ha depositado en el contenedor. Ella que le ayuda a apagar su llanto desde la raíz. No más viaje a ningún lugar, no más «adelante». Lucidez recién adquirida. Lógica. Simple Lógica: hambre-llanto-sufrimiento-dejar de sufrir-brindar consuelo.

Abrimos la ventana

que nos pinta en un cuadro

y vemos los rombos en los

flancos de colores

de los peces de papel que nadan,

en la brisa,

a unos quince metros sobre

el nivel del mar.

¿Qué pasaría si de una buena vez, Los Conjurados(1), se propusieran como única misión divina, erradicar todas y cada una de las versiones que tiene La Biblia? Un mundo sin La palabra, ¿qué pasaría?  ¿Cómo respiraríamos el aire?

1 Los Conjurados: sociedad secreta cuya base de conspiración se cree está en algún lugar del centro de Europa, y su antiguedad data de la mítica (en su organización) fecha de 1291, lo poco que se sabe de ellos es gracias a una ancestral canción nórdica:

Se trata e hombres de diversas estirpes, que profesan

diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.
Han tomado la extraña resolución de ser razonables.
Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades.

Cabe mencionar que nada se sabe de sus actuales convicciones y menesteres.


Atendamos sólo a la literatura particularísima; la verdadera.

R.I.C.L

Título de trabajo final:

La lepra y el SIDA, consecuencias divinas del pecado.

Hoy fue mi última sesión con el psicólogo en la búsqueda de las causas de lo que llamo “mi problema de olvido de las cosas”. Al parecer, de todos los exámenes que me hicieron (incluyendo una radiografia del cráneo, cuestionarios y puzzles con bloquesitos de madera), sólo se dedujo dos cosas: 1)  presento problemas leves con la autoridad, y 2) también tengo, y esto sí es grave, problemas de dependencia.

En otras palabras, de los padecimientos psicológicos que pueden afligir a un ser humano los míos son los más simples, sosos, horizontales y sin chiste que hay en este mundo.

PD: Sigo olvidando muchas cosas.

Reproduzco íntegramente el primer párrafo del examen escrito de un estudiante de medicina. Se trata de un examen extraordinario. Omito su nombre por respeto a su persona.

SIDA

Primero que nada hay que separar el término de sida con el de VIH. El sida es el sindrome de la inmunodeficiencia adquirida esto quiere decir que es un virus que ataca tu sistema inmunológico por medio de una adquirición. A diferencia del VIH, que es el virus de la inmunodeficiencia humana, o sea que las personas nacen ya con este virus y que en los dos casos es letal para el humano.